Emiliano Zapata: El brusco poema de la tierra

Por Salvador Rueda Smithers

 

I

 

El cadáver de Emiliano Zapata, destrozado por las balas, fue arrojado al pavimento en una calle de la ciudad de Cuautla. Eran casi las nueve de la noche, calurosa como todas las de la estación seca morelense. Unas horas antes, hacia las dos de la tarde, el jefe revolucionario había sido asesinado cuando llegaba a comer a la hacienda de Chinameca, ingenio azucarero hecho cuartel. Los testimonios afirman que montaba al alazán “As de Oros”, caballo de buena estampa —muy de su gusto— que le regaló poco antes quien lo traicionaría ese mediodía azul y cargado de cigarras. Aunque la prensa adicta al presidente Venustiano Carranza festejó la muerte “en valeroso combate contra el Atila del Sur”, la verdad se supo rápidamente: Zapata cayó en una trampa, engañado no sin vileza por el coronel carrancista Jesús Guajardo.

 

         Era noche oscura, y los curiosos se acercaban para ver entre penumbras el rostro hinchado del caudillo suriano. Unos sonrieron, satisfechos de atestiguar el final de una larga rebeldía; eran los hombres de Guajardo y de su superior jerárquico, el general Pablo González. Pero otros, incrédulos, dijeron con estremecimiento que algo no concordaba; las fotografías muestran un cuerpo sanguinolento y sucio, de cara redondeada por los efectos de la violencia y el calor, muy distinto al elegante charro que, aunque acorralado militarmente y carente de fuerzas bélicas, no había perdido sus singulares signos de Jefe —entre ellos el vestir bien—. La extrañeza era de otra índole: decían que le faltaba un lunar en forma de manita, o que tenía los dedos completos (mientras que a Zapata le faltaba una falange del meñique), o que no tenía la cicatriz de la cornada, o que estaba muy gordo… ese muerto no era Zapata.

 

II

 

Terminaba el jueves 10 de abril de 1919. Fue el principio, espontáneo entre los que miraban en el suelo el maltratado cuerpo de una leyenda con tonos de esperanza mesiánica: como rumor se dijo que el Jefe no murió, sino que “se chispó” para Arabia, salvado a tiempo por su compadre árabe, mientras que su doble, un hombre que se le parecía, se sacrificó. El árabe lo llevó a su tierra, lugar simultáneamente lejos y cerca ubicado en una geografía fantástica, sitio del Éxodo bíblico. Desde esa Arabia, algún día regresaría para vengar remotas afrentas y administrar la justicia que prometió la Revolución del Sur. La leyenda de este raro exilio corrió por el centro de Morelos y sobrevivió en la memoria de los veteranos zapatistas hasta el último tercio del siglo XX.

 

         El legendario escape se agregó, como epílogo, al relato biográfico del héroe local con los valores construidos a lo largo de la guerra revolucionaria. Al final del relato de la leyenda, el signo Zapata había cambiado todo: los ritmos del tiempo, al mundo, a la gente. Nada continuó como era en tiempos de Porfirio Díaz; de hecho, el porfiriato era un tiempo liquidado por la presencia del caudillo-símbolo de la Revolución: era el inicio de una nueva época, un tiempo sin haciendas ni hacendados.

 

         No fue el único resultado de la emboscada en Chinameca. Otra leyenda comenzaría tres años después, el 10 de abril de 1922, cuando el presidente Álvaro Obregón, su antiguo enemigo, conmemoró oficialmente la muerte del suriano y declaró al día efeméride luctuosa nacional. De paso, cubrió el vacío dejado por la ya olvidada fecha patriótica de abril, que se disolvió a la renuncia de Porfirio Díaz al comenzar el proceso que ahora acababa: la del 2 de abril que se festejó durante el largo periodo porfírico hasta 1911. A partir de entonces Obregón hizo suya la rebeldía zapatista como germen del nuevo estado y calificó a Morelos y a los morelenses como ejemplo y simiente de la reforma agraria que se proyectaría como característica del México revolucionario. El diario El Demócrata que se había alegrado por la muerte del Atila del Sur en 1919 publicó en 1922: “Los hombres que, como Emiliano Zapata, alzando su figura por encima de la humanidad, alentados por ideas sublimes y magnánimas, ofrecen su sangre, su vida y todo cuanto valen, en aras de las aspiraciones comunes, olvidándose de sí mismos, desprendiéndose de los atávicos egoísmos de los insolentes y convirtiéndose en apóstoles de altísimos ideales”. Por supuesto, la desmemoria como máscara del interés político no era invento novedoso; ya nadie recordaba, por ejemplo, que once años atrás, en el diario El País se acuñó el apodo que probó su eficacia durante toda la década: el Atila del Sur. Hacia 1922 se comenzaba a construir el panteón de héroes revolucionarios, y en ese momento la figura de Zapata se perfilaba como abanderada histórica de una política agraria que rebasaría los ámbitos regionales para volverse proyecto nacional. En las décadas siguientes, se repitieron los calificativos en cada celebración oficialista del 10 de abril, hasta convertirlos en los lugares comunes menos convincentes de la multitud que puebla el martirologio mexicano.

 

         Paralelamente, el caudillo suriano dejó de ser tan sólo un héroe rural a través de las prácticas agraristas y nacionalistas gubernamentales, pero sobre todo, se universalizó con la proyección de los expositores más influyentes de la época: los artistas plásticos. Para las generaciones posteriores a la revolución, la denigrante caricatura política de la década de la guerra era menos que una curiosidad coleccionista, y se aceptó la perspectiva de grabadores y pintores que retrataban a Zapata con letreros y emblemas de “Tierra y Libertad” que en realidad le fueron extraños (el lema zapatista fue, durante nueve años de lucha, “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”, con clara influencia del Programa del Partido Liberal publicado al mediar el año 1906).

 

         También los escritores nutrieron de signos. Jesús Sotelo Inclán escribió su Raíz y razón de Zapata, obra histórica en la que el héroe se explica como heredero de una añejísima tradición de posesión, uso y lucha por la tierra. Zapata, desde entonces, en la historiografía, la novela y el cine ha encarnado diversas explicaciones, desde la venganza ancestral indígena y el movimiento agrario de raíces prehispánicas, hasta la rebeldía autonomista de los zapatistas indígenas chiapanecos.

 

III

 

Sin embargo, es posible ver que la figura de Zapata, hombre-esperanza, trascendió incluso a la expansión urbana que devoró campos cañeros, a las antiguas haciendas, a los ejidos y pueblos campesinos al terminar el siglo XX. Sigue siendo un enigma la manera en que la biografía se desdobló en leyendas, y alguna de sus ramas narrativas y éticas, en mito. Es posible, sin embargo, apuntar algunos de sus caracteres.

 

         Todas las fuentes coinciden en que Emiliano Zapata, hijo de Gabriel Zapata y Cleofas Salazar, nació en Anenecuilco el 8 de agosto de 1879. Refiere John Womack que Anenecuilco era “una aldea tranquila, entristecida, de menos de 400 habitantes”, pueblo centenario, como otros de la región, al borde del colapso por el paso de la historia y el desarrollo de las haciendas. Dice también que la familia Zapata Salazar “llevaba en los huesos la historia de México”. Pero ese legado despertó en fecha incierta; el mismo Zapata confesó que desde los catorce años se había interesado por la política. La mitografía retrasa esa fecha inicial, al narrar que cuando niño vio a su padre llorar, víctima de la prepotencia hacendada. Los documentos históricos, por su parte, ubican la atención de Zapata por el destino de su entorno un lustro antes del levantamiento rebelde: 1906, cuando junto con los munícipes de Anenecuilco, Emiliano Zapata leyó la resolución legal que afirmaba que “los hacenderos colindantes paulatinamente se han introducido” en las poco más de 500 hectáreas de cultivo y pastizales que el pueblo poseía desde su “fundación antiquísima”.

 

         La tradición juega su papel constructor de relatos. Se sabe que Zapata fue caballerango, dedicado a la siembra y cosecha en pequeños terrenos propios, inquieto por la fuerza de una modernización que solamente favorecía a los hacendados y, sobre todo, por los abusos legales y factuales contra los pueblos que, como el suyo, sufrían los embates de las haciendas, símbolos de la modernidad del campo mexicano al amanecer del siglo XX. También fue reclutado en 1910 —los prolegómenos del proceso que marcaría su destino histórico y simbólico.

 

         Las circunstancias decidieron que representara a su pueblo en un litigio contra la hacienda de El Hospital, pelea legal que había recorrido los decenios sin que la justicia asomara el rostro. Era el año de 1910; conoció los documentos primordiales de Anenecuilco, y supo de las razones de su descontento. Entonces se sumó, en principio, a una rebelión que buscaba mejoras democráticas; él siempre peleó por la devolución de las tierras comunales. A su llamado acudieron miles de campesinos, cuyas vidas eran similares a las de él y cuyas historias pueblerinas se parecían a la de Anenecuilco: eran la cifra de una historia general que “se abre como una herida”, según la afortunada frase de Gastón García Cantú, llaga dolorosa del ser mexicano, aquella que atestiguaba la pobre suerte de los pueblos de origen indígena. En particular, al amanecer del siglo XX, la geografía de Morelos la hacían 37 haciendas y alrededor de un centenar de pueblos y rancherías.

 

IV

 

La rebeldía zapatista, fraguada un día de fiesta en marzo de 1911 en el estado de Morelos, es uno de esos raros pero definitivos acontecimientos que dejaron huella en la cultura, el espacio, las economías y la memoria. Con esa rebelión nació y creció, en un proceso de nueve años de lucha, buena parte del vocabulario político moderno sobre el campesino mexicano, el indio y el asunto agrario. También se tejió aquello que con lucidez Luis Cardoza y Aragón llamó el “brusco poema de Zapata”. Su efecto a mediano plazo fue el final de las haciendas —institución centenaria que vivía su exitoso apogeo tecnológico menos de un lustro antes de que se redactara el Plan de Ayala, documento que prefigura su extinción— y el surgimiento del campesinado con personalidad jurídica colectiva como interlocutor del Estado mexicano.

 

         Cuando Emiliano Zapata decidió pelear en favor de los campesinos, recayó en él una responsabilidad que entonces no había imaginado, la de vengar un remoto agravio. La secular injusticia que agotaba sin extinguir a los poblados indígenas, y que se creía surgió en el momento de la conquista española en el tercer decenio del siglo XVI, podía resolverse violentamente con esa revolución de 1911. Con el tiempo, la rebelión de Zapata buscaría el equilibrio social a través de la práctica de la justicia y del apego a las leyes que derivaban del escrito fundamental de la lucha, el Plan de Ayala. Su triunfo parecía posible y prometedor: la nueva vida de los pueblos de agricultores cerraba el último capítulo de un destino adverso y desgastante. Para Zapata y sus campesinos, esa “su revolución” era el fin de la historia, el zapatismo sería un ajuste de cuentas con la historia. Lo adivinaron las mentes más lúcidas de la revolución —la mayoría, cabe decirlo, en las filas de sus enemigos. No todos lo veían así, por supuesto: en la trinchera hacendada y entre el grueso de quienes los combatieron, el vocabulario denigrante floreció; al Atila del Sur siguieron los epítetos de bandidos, comevacas, conejos corredores, indios salvajes y vengativos, “pandilla azteca” (como los calificó tardíamente José Vasconcelos).

 

V

 

Casi diez años duró la guerra que libraron Zapata y sus campesinos. La propiedad de la naturaleza estaba en juego: la tierra es de quien la trabaja, fue su bandera; Reforma, Libertad, Justicia y Ley su lema de lucha. Buscaban un pedacito de felicidad, —para usar la frase con la que los calificó el general revolucionario Felipe Ángeles— en medio de una historia que les había escamoteado toda posibilidad de libertad, que significaba aguantar en silencio. En ese contexto, el de la Revolución mexicana de 1911-1919, la imagen de Zapata fue afinando su figura enorme. Tenaz, incorruptible, valiente, la personalidad de Zapata se convirtió en sinónimo de justicia posible para los campesinos. Ya entonces su biografía, todavía controvertida, se escribía por encima de las haciendas y los hacendados, los verdaderos derrotados de la Revolución.

 

         En la recuperación de la geografía pueblerina de Morelos y en el resarcimiento de los orígenes como sentido de la historia, había que aplicar los artículos 6º, 7º y 8 º del Plan de Ayala: regresar y dotar, en su caso, tierras, montes y aguas a los pueblos; a los hacendados enemigos de la Revolución la aplicación de la justicia se extremó y se les incautaron sus propiedades. Se devela así el espíritu del zapatismo: se concebía a sí mismo como instrumento de la de justicia que resarcía un espacio legal abandonado por la corrupción, el desgano y la ignorancia de siglos. Entonces Zapata adquirió su perfil más característico: su historia se explica no a partir del Plan de San Luis Potosí del maderismo sino desde el primer despojo de campos y aguas en el siglo XVI. Su biografía se extendía cuatro centurias al proceder a la restitución de las tierras (rehacer “la mapa”, es decir, la pictografía del fundo legal virreinal). Ello explica, dicho sea entre paréntesis, la breve e intensa participación de los “agrios”, ingenieros y estudiantes de agricultura que en 1915 formaron las comisiones agrarias zapatistas encargadas de regularizar documentos legales de posesión de los pueblos; entre los “agrios” destacaron Marte R. Gómez y el futuro mártir yucateco, Felipe Carrillo Puerto.

 

         Tal vez en parte tuviera razón Enrique Krauze al afirmar que entre 1914 y 1916 la idea de Zapata fuera conservadora. Es razonable para la geografía que se recuperaba; no lo es para el programa que se planteaba como estructura de gobierno —que de haberse practicado sería inaugural, no regresivo: “Zapata no quiere llegar a ningún lado: quiere permanecer. Su propósito no es abrir las puertas al progreso […] sino cerrarlas: reconstruir el mapa mítico de un sistema ecológico humano en donde cada árbol y cada monte estaban allí con un propósito; mundo ajeno a otro dinamismo que no fuera el del diálogo vital con la tierra. […] No es un mapa productivo lo que busca: es un lugar mítico, es el seno de la Madre Tierra y su constelación de símbolos”, escribió Krauze. Sin embargo, también es cierto que Zapata pugnó por la producción de azúcar en los ingenios y por desdoblar la liga armada de comunidades que descubrió Womack a la confederación de pueblos autónomos, en un modelo hasta ahora incomparable porque no ha existido históricamente —y que por tanto, no es regresivo.

 

         En el espacio zapatista se buscó construir un país ideal. Construcción paralela a los sucesos de la guerra y de la administración de Zapata: más de un centenar de decretos de ley buscaron ahuyentar el espectro del caos: desde la firma del Plan de Ayala, desfilaron las órdenes y las leyes que edificaban el orden regional. Y entre 1915 y 1916, se proyectaron —en papel, por lo pronto, “hasta que el Congreso pueda legislar al triunfo de la Revolución”— las bases institucionales de lo que creyeron sería el futuro nacional. Destacan por ejemplo, las leyes del Consejo Consultivo Nacional derivado del gobierno de la Soberana Convención Revolucionaria: Ley sobre Accidentes de Trabajo; Ley Agraria (que reconoce la personalidad jurídica de los pueblos, rancherías y comunidades; las superficies máximas de propiedad por clima y tipo de tierra; la expropiación de bosques y montes; la pérdida de la tierra al cabo de dos años de inactividad); Ley General sobre Funcionarios y Empleados Públicos; Ley General del Trabajo (descanso dominical, jornada de ocho horas y salario remunerador); Ley de Supresión del Ejército Permanente (sustituye por Guardia Nacional); Ley sobre Asistencia Pública. Ley sobre Generalización de la Enseñanza; Ley General sobre la Administración de Justicia (cárceles como espacios de regeneración; abolición de la pena de muerte); Ley sobre Fundación de Escuelas Normales en los Estados. Ley sobre el Matrimonio; Ley de Imprenta (contra la censura)… En 1917 se publicaron, firmados por Zapata, el Decreto sobre derechos de los Pueblos, la Ley sobre Libertad Municipal, Ley Orgánica para los Ayuntamientos de los Estados, que descubren el organigrama del sistema gubernativo de la República que plantearon los zapatistas: en dos espacios soberanos recaía el verdadero poder político mexicano, el de los ayuntamientos y sus consejos regionales y estatales, y el legislativo general.

 

         Es posible notar un tópico más en la inclinación legalista de Zapata: la urgencia de administrar la justicia. Tan sólo la guerra y sus viscicitudes, incluidas las muy evidentes pugnas internas que —tan ruda como entre los constitucionalistas y los villistas, dicho sea de paso— llevaron a la muerte a los más importantes protagonistas de la revolución campesina, ocuparon mayor terreno en las preocupaciones del caudillo, en la documentación histórica y en la memoria colectiva.

 

         Hacia finales de 1918 y comienzos de 1919, Zapata buscaba atar alianzas con otras fuerzas revolucionarias, tan minoritarias como dispersas por el país. Sólo la posibilidad de repunte de Álvaro Obregón parecía en potencia lo suficientemente fuerte como para oponerse al gobierno de Carranza; no es posible saber, por ahora, hasta dónde tendió sus hilos hacia el sur, hacia un Zapata acorralado militarmente aunque simbólicamente firme. Entre febrero y marzo de 1919, Zapata publicó su apoyo al viejo revolucionario Vázquez Gómez. Fue el último llamado a la opinión nacional. El coronel Jesús Guajardo selló el destino de Zapata al matarlo hacia las dos de la tarde del jueves 19 de abril.

 

VI

 

Es posible suponer que la memoria apela a la naturaleza creadora de explicaciones sobre el pasado que es motor de las leyendas y los mitos: es una “misma linfa mitológica que circula y se mezcla en la maraña inextricable de las ideologías aparentemente contrapuestas”, para usar las palabras de Italo Calvino. Zapata, como personaje simplemente historiográfico, se delinearía como una sombra —la sombra de un caudillo—; como discurso político, lo vemos todo el tiempo, está petrificado. Su figura, como toda reconstrucción arqueológica, se ve muerta. Pero como signo semántico, cuya materia es la amalgama de símbolos, se ajusta a las necesidades narrativas de una historia vuelta mito: es el protagonista del capítulo final de un pasado que se clausuró, que llegó a su término con el final de las haciendas y el regreso de las tierras a la geografía pueblerina. La suya es una historia superada, y la memoria de su figuar, enorme, es la de la esperanza de que hay males que duran más de cien años, pero que no son eternos. Zapata, sin que se haya escrito bien a bien esa historiografía, se proyectó hacia el siglo XXI como personificación de la Némesis de la injusticia y como principio de la esperanza. Dejó de ser sólo un habitante efímero de un momento fugaz de la Revolución para hundirse otra vez en las entrañas de la historia mexicana. Quizá pueda repetirse sin disimulo aquella frase de Borges, que es tanto un deseo como una tendencia: Zapata es un jeroglífico que habrá de incorporarse “a la memoria general de la especie”, más allá de la historiografía y más allá de la existencia de los idiomas en que han sido escritas sus diversas biografías.