LA CONSPIRACIÓN DE VALLADOLID, 1809

Moisés Guzmán Pérez

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Valladolid: ciudad de tertulias y asambleas

 

En los comienzos del siglo XIX, Valladolid contaba con una población de aproximadamente 20 mil habitantes, conformada por una minoría peninsular de orígenes vasco y santanderino inmigrados décadas atrás, por “españoles americanos” y por un número considerable de indios, mulatos y representantes de otras castas. La ciudad había crecido paulatinamente, lo que podía observarse, sobre todo, en los planos político, económico y material. Valladolid era la sede de un vasto obispado que comprendía a los actuales estados de Michoacán, Guanajuato y partes de San Luis Potosí y Guerrero; fungía como capital de la intendencia del mismo nombre y contaba con la añeja institución del ayuntamiento.

 

Por otro lado, existía en Valladolid una pujante oligarquía que se había consolidado gracias al control que ejercía en determinados puestos del gobierno local, a los vínculos de compadrazgo que varias familias establecieron entre sí y a la variedad de negocios económicos que emprendía en la agricultura, el comercio y la minería. Los miembros de esa oligarquía eran dueños de las principales casas comerciales que había en la ciudad, y quienes controlaban la producción, circulación y mercado de los principales productos de consumo de toda la provincia.

 

En el aspecto material, la ciudad había seguido aquel diseño urbano que nació en el siglo XVI. A la vista del viajero, Valladolid era una ciudad vertical donde destacaban desde lejos las torres de Catedral, San José, San Agustín, Las Monjas, La Merced y Capuchinas. Al oriente podía verse el acueducto que surtía de agua potable a la población y una zona de veraneo marcada por la calzada de Guadalupe que desembocaba en la iglesia del mismo nombre. Contaba con más de mil casas, sin considerar los barrios, y 30 templos, incluidas algunas capillas que en la actualidad han desaparecido.

 

Valladolid no fue menos importante en el aspecto cultural. Además de tener el Colegio de San Nicolás y el Seminario Tridentino, y casas de estudios en los conventos de San Francisco, San Agustín y La Merced, por mencionar algunos, un buen número de personas se dedicaban a escribir obras de distinta naturaleza y las mandaban publicar en las imprentas de la capital del reino, estaban suscritos a algún periódico de México o Veracruz que leían semana a semana y solían asistir a las representaciones teatrales que se organizaban en el coliseo y a las tertulias literarias en casas de particulares.

 

Estas últimas se realizaron en Valladolid a partir del último cuarto del siglo XVIII, cuando gobernó la diócesis de Michoacán el obispo Juan Ignacio de la Rocha, entre 1776 y1782. Por lo general, se hacían una o dos veces por semana en casa de alguno de los personajes de la elite cultural; solían ser llamadas “tertulias de truco y malilla”, ya que en ellas se reunían los concurrentes a disfrutar de diferentes piezas de azar, así como a retraer la atención a través de un juego de naipes, práctica muy común en la Nueva España de aquel tiempo.

 

El número de asistentes era de alrededor de 12 o 13 individuos, todos ellos varones, quienes desempeñaban algún puesto en el gobierno civil y eclesiástico de Michoacán. Al menos entre 1779 y 1787, cuando aparecen los primeros testimonios sobre su realización en la ciudad, no hay evidencias de que se acepte la participación de mujeres en las tertulias, situación que comenzará a cambiar en los años posteriores, cuando sean ellas las principales anfitrionas en los convites. La hora fijada para la reunión era las 7 de la noche, la mayoría de las veces después de la oración, acompañados de una taza de chocolate o, en otras ocasiones, con aguardiente, pan y vino.

 

El grupo era cerrado, los asistentes a la tertulia tenían un lugar o un asiento asignado y no existían muchas posibilidades para el ingreso de alguien más. La solemnidad en el trato no era menos tradicional: a la entrada de algún miembro, los presentes se levantaban de su asiento para dar la bienvenida, acostumbrada con toda ceremonia, y, en seguida, pasar a las salutaciones. En cuanto a la composición social de los contertulios, todos ellos gozaban de imagen y prestigio en la sociedad vallisoletana dieciochesca; a las reuniones concurrían clérigos, miembros del ayuntamiento, funcionarios del gobierno, abogados y gente de letras para compartir las novedades.

 

Valladolid tenía una bien ganada reputación en ese aspecto. Después de 1800, eran muy conocidas las tertulias organizadas en la casa de don Mariano Escandón y Llera, III conde de Sierra Gorda, quien solía reunirse con el alcalde José María Ansorena y otros clérigos y empleados del ayuntamiento a intercambiar novedades y a divertirse en el juego de billar; las promovidas por el juez de testamentos Manuel Abad y Queipo, quien gustaba rodearse de personas como Manuel de la Bárcena y Martín García de Carrasquedo, y que incluso llegó a compartir ideas con el sabio prusiano Alejandro de Humboldt cuando éste vino a la ciudad; las que se hacían en la casa de don Matías Alonso de los Ríos en compañía del fraile Vicente Santa María, y las que promovía el licenciado Nicolás Michelena con algunos clérigos y abogados de la ciudad, entre otras.

 

A partir de los sucesos políticos de 1808 en Europa (abdicaciones en Bayona, invasión de las tropas de Napoleón a la península y, como consecuencia, un reino sin cabeza, la creación de Juntas y la insurrección popular), las tertulias literarias en las ciudades importantes de Nueva España adquirieron un matiz diferente. Dejaron de ser reuniones culturales, científicas y de diversión para convertirse en “casas de asamblea”. Si bien tenían su base en las tertulias del último tercio del siglo XVIII, su naturaleza era completamente distinta; no sólo por sus temas y contenidos, sino por las prácticas societarias que se desarrollaron casi de manera espontánea como resultado de aquellos acontecimientos.

 

Aunque la palabra asamblea ya existía en el léxico del Antiguo régimen y era de uso corriente para identificar una reunión entre amigos, el término varió sustancialmente después de 1789 bajo el influjo de la Revolución francesa. La asamblea era la reunión en sí misma; empero, decir “casas de asamblea” le imprimía cierto aire revolucionario; significaba especificar, singularizar, indicar el lugar en cuyo interior sus integrantes leían, comentaban, intercambiaban opiniones y sostenían acaloradas discusiones en torno de acontecimientos que distaban mucho de ser cotidianos: la crisis política de la monarquía, el derecho a la representación y la seguridad del reino. A estos temas habría que agregar la desconfianza y el odio que surgió entre criollos y peninsulares, aspectos que también estuvieron presentes durante los primeros años de la revolución de independencia.

 

En las asambleas no había reglas preestablecidas como en las tertulias; en ellas sus actores leían, comentaban, criticaban y discutían todo lo que tenía que ver con la autoridad real. Tampoco había temas prohibidos censurados por la Iglesia y el Estado y se hablaba de todo con mayor margen de libertad; ya no eran los libros el motivo de las conversaciones, sino las Gazetas, los Diarios de México, los bandos y otros “papeles públicos” que fueron forjando poco a poco una nueva y revolucionaria conducta de participación política.

 

Los lugares donde se fue formando la opinión pública, ajena al control del gobierno, terminaron por tomar una importancia enorme en el último cuarto del siglo: las tertulias literarias y las casas de asamblea fueron los cuadros privilegiados no sólo para el intercambio de ideas generadas por la aparición de algunos libros modernos y la lectura de sus contenidos, sino por las continuas discusiones en materia política que se realizaban ahí mismo y que ya incorporaban a otros sectores sociales que no pertenecían a la elite cultural, pero que habían aprendido a compartir ideales comunes. Paralelo a estos lugares de opinión, los billares y tabernas se constituyeron rápidamente en espacios públicos de tipo popular, en donde las formas de circulación y de difusión de las noticias se hacían de manera oral.

 

Los protagonistas

 

No obstante que la lista de implicados comprendía alrededor de 20 personas y otras 30 en forma indirecta, las principales cabezas de la que la historia ha registrado como la Conspiración de Valladolid eran sólo tres: dos militares y un letrado, todos originarios y vecinos de la villa, de ahí el carácter eminentemente criollo del grupo: Mariano Michelena, un joven de 28 años de edad, soltero y alférez del regimiento de la Corona; José María García Obeso, 33 años, casado, capitán del regimiento de infantería de Valladolid; y Nicolás Michelena, hermano de Mariano, 42 años, casado y de profesión abogado. Aunque en épocas distintas, los  tres se habían formado en el Seminario Tridentino de San Pedro que fundara en Valladolid el obispo Pedro Anselmo Sánchez de Tagle; pero mientras los dos primeros abandonaron por completo el camino de las letras, enrolándose desde jóvenes en el regimiento provincial de Valladolid, el tercero continuó sus estudios en México en los colegios de San Ildefonso y de San Ramón Nonato, hizo su práctica y se recibió de abogado ante la Real Audiencia.

 

Había otras tres personas que, sin ser cabeza en las asambleas, de algún modo dejaban sentir su influjo entre los asistentes: fray Vicente Santa María, religioso franciscano de 54 años de edad oriundo de Valladolid, quien hacía visitas cotidianas a la casa del licenciado Michelena. Leía en latín y francés y era además un excelente historiador y cartógrafo, pues había escrito una Relación histórica de la colonia del Nuevo Santander y Costa del Seno Mexicano a expensas de los señores condes de Sierra Gorda, con la que recordaban la conquista y colonización de aquellas tierras por el coronel José de Escandón y de la Helguera. Aunque era de espíritu exaltado, ninguno de los implicados le dio un lugar importante en las reuniones y sólo se dedicaba a divertir y a hacer reír a la concurrencia. El mismo Santa María señaló que asistía diariamente en la casa del licenciado Michelena en concurrencia de muchos que hablaban de la historia de la guerra de España con la Francia, y que entre la multitud de juicios se habló muchas veces de la independencia de esta Nueva España, caso que los franceses quisieran suplantarnos. Que en orden a juntas efectivas deliberadas por los concurrentes y previstas para llevar a efecto la citada independencia, nunca contaron con él ni le dieron parte; pero que después supo que las habían tenido con este objeto, después que al declarante y demás presos los pusieron en libertad, porque ellos mismos se lo contaron. Que de facto habían tenido juntas en que trataron de alarmarse para en caso de revolución, y que no contaron con él, temerosos de que lo revelara y aún calificándolo de loco. Que sobre esto les hizo reflexiones desaprobándoles su intento.

 

Los hermanos Michelena y el capitán García Obeso no eran los únicos que tenían este extraño concepto del fraile; don Francisco de la Concha, que lo conocía bien, dijo que “era un hombre indefinible, pues solamente tratándolo con frecuencia, se conocía que no tiene un sistema constante acerca de cosa alguna”; para fray Manuel Ortiz, Santa María era un hombre “tenaz, caprichudo y amigo de contradecir en cuantas materias se trataban en su presencia”; y fray Mariano Olmedo, desde la primera concurrencia que tuvo con él, lo calificó

 

de muy ligero, mal intencionado y revoltoso, que en el concepto común estaba tenido por maligno, revoltoso y enredador; de modo que a él le atribuían el fomento escandaloso que tuvieron las borucas de aquella provincia antes de ir a mandarla, y todos le decían que no era capaz de hablar bien de nadie ni tener paz con sus prelados.

 

Además de fray Vicente, estaba el licenciado José Antonio de Soto Saldaña, vallisoletano, de 35 años de edad, alumno del Seminario Tridentino, bachiller en artes por la Universidad de México, estudiante de la facultad de leyes en la Universidad de Guadalajara y examinado por la Real Audiencia de la Ciudad de México, que le expidió el título de abogado. Cuando regresó a su ciudad natal, se casó con doña Cesárea Borja, con quien procreó tres hijos; posteriormente, desempeñó el empleo de asesor del regidor del ayuntamiento José María Ansorena, litigó por algún tiempo, fue profesor de la cátedra de jurisprudencia en el colegio de San Nicolás y llegó a poseer la mejor biblioteca que un laico pudo tener en aquel extenso obispado.

 

Finalmente, estaba José María Abarca y León, de 43 años de edad, originario de la ciudad de Pátzcuaro, casado con María Antonia Salceda, hija del prestigiado teniente coronel del regimiento de Dragones de Pátzcuaro, José Antonio Salceda; estudió en el Seminario de Valladolid y en colegios de la corte de México; fue regidor depositario general del ayuntamiento de Pátzcuaro, subdelegado de Ario y Santa Clara del Cobre y posteriormente ocupó el mismo empleo en la demarcación de su tierra natal. Desde septiembre de 1793, Abarca comenzó a frecuentar la casa del licenciado Nicolás Michelena por ser uno de los testigos de su matrimonio, y a través de él conoció a su hermano Mariano; años después entraría en tratos con el capitán José María García Obeso y se enteraría de la existencia del fraile Vicente Santa María y del licenciado José Antonio de Soto Saldaña, con quien llegó a tener algunas diferencias producto de varios litigios.

 

En los años previos a la conspiración, a varios de ellos se les vio actuar de manera conjunta como socios de una empresa o como garantes de una actividad agrícola. De esta forma, el subdelegado Abarca y García Obeso aparecen en la lista de accionistas interesados en rehabilitar las minas de Guadalupe, en la jurisdicción de Zacatula; y Mariano Michelena, Manuel Ruiz de Chávez y el propio García Obeso fungieron como fiadores en un asunto de obligación y fianza que aceptó Nicolás Ruiz de Chávez, hermano de Manuel. García Obeso era uno de los militares que residía por un tiempo en la ciudad y el resto lo pasaba al lado de su regimiento, que se hallaba acantonado desde 1805 en la villa de Jalapa, en Veracruz. Allá se pudo enterar del clima de incertidumbre que privaba entre las filas del rey por un posible ataque enemigo y comenzó a alimentar sus ideas autonomistas.

 

El grupo de conspiradores tenía estrechas relaciones comerciales y de negocios con otras personas, a quienes buscaron en su momento incorporar al proyecto. Desde luego, era evidente que mucho del malestar del grupo se debía a sus problemas financieros y de eso culpaban al mal gobierno. Los hermanos Michelena se habían endeudado con el juzgado de testamentos, capellanías y obras pías para rehabilitar su decaída hacienda de La Parota; por su parte, García Obeso, después de la muerte de su padre en 1807, vio disminuido su capital a causa de malos negocios y a los efectos de la cédula de consolidación, debiendo aún en 1809 una importante suma de dinero a la junta de consolidación.