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P
oema leído por el señor diputado don Manuel H. San Juan en el acto del descubrimiento de la lápida conmemorativa de la prisión de José María Morelos, el 21 de septiembre de 1910.




Canto a Morelos

Para vastas concepciones, el espíritu;

para empresas prodigiosas, el aliento;

el impulso de las alas de los cóndores

que, cerniéndose soberbios

entre bruma y entre nubes,

se remontan a los campos infinitos de los cielos.


Y los ojos con miradas aquilinas,

y la frente con el sello

de los hombres que, elegidos por los hados,

resquebrajan y demuelen los imperios,

y consuman los destinos insondables

los destinos misteriosos de los pueblos.

De las fieras la bravura;

el ardor de los volcanes en el pecho;

la arrogancia de los árboles del trópico;

la altivez de los crestones de los cerros.

Y en los nervios y la sangre,

y en el ánimo y el genio,

las virtudes heredadas de los indios,

las influencias ancestrales del ibero:

de Cortés y de Pizarro la osadía,

de los teules formidables el esfuerzo;

el valor de los insignes capitanes,

y la fe de los piadosos misioneros;

el arrojo de Viriato,

y el coraje irresistible de Cuauhtémoc.


En las épocas heroicas

que perduran en los cantos de la cítara de Homero,

también él audaz llegara

en las naves belicosas de los griegos

a los muros de Ilión, con los aquivos,

en su pugna encarnizada con los teucros,

a luchar bizarramente en los combates

como el hijo valeroso de Peleo.

Contra Xerxes, como Leónidas,

con los rudos espartanos, también él hubíese muerto.


Impetuoso, cual Aníbal,

tramontó las altas cumbres en su vuelo,

y tenaz, como Espartaco,

propugnó por hacer libres a los siervos.

Y el acero de Mudarra,

y el puñal que ennobleció Guzmán el Bueno,

y las flechas que lanzaba Xicoténcatl,

y la cota de Jiménez de Cisneros,

cual las armas del soldado sacerdote,

¡eran dignas de aquel ilícito guerrero!


Respiró libertad sobre las sierras;

le prestó la tempestad su voz de trueno;

de la esgrima fulgurante de los rayos,

aprendió cómo se abate el roble enhiesto;

y el empuje de las olas

cuando hierven agitadas por el viento,

le enseñó, para el asalto,

de los ímpetus audaces el secreto;

y tomó del aquilón el fuerte azote,

de la tromba gigantesca el golpe fiero.


Pero vio también que luce

desde el trono soberano del hermoso firmamento,

almo sol que mana luz. que mana vida,

y en su curso difunde con los rayos de su fuego,

por igual entre los seres

que sustenta dondequiera el orbe entero...

¡Y aspiró la libertad sobre las cimas,

y halló el signo de justicia sobre el cielo!


Cómo encarna en aquel hombre,

cómo brilla tan radiosa en aquel genio,

toda el alma de las razas y las tribus

refundidas en la sangre de este pueblo...

Desde el polvo se levanta,

desde el fondo del abismo del dolor y el sufrimiento,

y el trabajo lo enaltece,

y la ciencia le descorre el triste velo.

Es ungido en el recito del santuario,

y consagra en los altares de los templos,

y en el santo sacrificio,

cuando suben las volutas del incienso,

él, alzando la hostia pura,

pone en otra redención el pensamiento:

en aquella redención que se conquista

por la fuerza y con el hierro;

en aquellas redenciones que se compran

con la sangre generosa de los buenos.

 


Cuando suena la campana de Dolores,

al llamado de la patria va Morelos,

y recibe nueva unción, otro bautismo

con la gracia que le viene de lo excelso.

Se levantan los ejércitos,

y a su voz, como clarín de las batallas,

le siguen fervorosas muchedumbres

que acaudilla con su acero

por el áspero camino de la gloria,

en el nombre de la Patria y sus derechos.


Cual torrente desbordado,

como alud que se despeña con estruendo,

raudo corre, todo invade, todo arrasa,

como el mar cuando se sale de su centro.

Al golpe del corcel de las victorias,

por doquiera va luchando y va venciendo

con los golpes aplastantes de sus brazos,

que semejan a los brazos de Briareo;

son los Bravos, Galeana y Matamoros...

de patriotas admirables el espejo,

de gallardos paladines el dechado,

de aguerridos capitanes el modelo.


Sobre Cuautla, aquel coloso se sublima,

y consuma la estrategia del milagro con sus hechos

y merece que la voz de los monarcas

le dediquen sus elogios y lo ponga como ejemplo.


Mas ¡oh, sino de los héroes!

¡Oh, mandatos del horóscopo funesto!

Aquel rayo de guerra,

General a quien aclama el campamento,

aquel hijo de la gloria,

vencedor de cien combates y el primero

entre aquellos abnegados insurgentes

que, luchando por ser libres, perecieron,

eclipsada ya su estrella,

ascendió por los peldaños del patíbulo sangriento,

y cayó sobre las rocas del calvario

como el golpe de las hachas se desploma el alto cedro;

y al chocar aquel gigante con la tierra,

¡se sintió que retemblaba el hemisferio!

Cuando su alma traspasó las paradas nubes

y subió, como las águilas, al cielo,

los espíritus del Cid y de Pelayo

con laureles y con palmas la acogieron. . .


Fuente: Genaro García, Crónica oficial de las fiestas del primer Centenario de la Independencia de México, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, Chimalistac, Ciudad de México, 1991, Reimpresión de la edición facsimilar de México, Apéndice, núm. 112, pp. 65-66.




Última actualización el Miércoles, 09 de Septiembre de 2009 18:07
 

 

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