Redes Sociales FLICKR USTREAM aNobii MySpace YouTube Twitter Facebook
 
 

PORTAL ACCESIBILIDAD

ENGLISH VERSION

Julio 2014
D L M M J V S
29 30 1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31 1 2

Expo Bicentenario 2010

Nuevo canto a México
OBRA GANADORA

Historias de Familia del Bicentenario

Portal Orgullo Municipal

El Futuro es Milenario

Ruta 2010 / Recorre las rutas de la historia

Edición Bicentenario

Niños 2010

Discutamos México

MONUMENTO ESTELA DE LUZ
TRANSPARENCIA
INSTRUCCIONES DE USO

Símbolos Patrios México 2010

Archivo Histórico Militar México 2010

Programa Académico 2010

Recorrido virtual: Rotonda de las Personas Ilustres

Grupo Bicentenario Los países iberoamericanos que celebran su Bicentenario

Conoce aquí los portales Bicentenario

Galería de imagenes del Bicentenario y Centenario

El Águila Real / Símbolo Nacional de México

Conoce a las Especies Mexicanas del Bicentenario

Paseos Culturales INAH

Canasta de ideas mexicanas

Historia de Alto Vuelo


mod_vvisit_counterPáginas vistas el día de hoy8409
mod_vvisit_counterPáginas vistas totales35797396

Fusilamiento de Mina Imprimir E-mail
Artículos

Mina

 

por Magdalena Mas

 

Mina

 

 

Xavier Mina vino a México dispuesto a derrotar al absolutismo de Fernando VII, que para él estaba encarnado en la dominación colonial de Nueva España. Cuando llegó a nuestro territorio, ya había sido preso por los franceses primero y exiliado después en Inglaterra tras su regreso a España, donde nuevamente Fernando VII instauró el despotismo y desconoció los avances y principios de la Constitución de Cádiz. Llegó a ofrecerle a Mina viajar a Nueva España para terminar con la resistencia insurgente. En lugar de ello, una conspiración en contra del Deseado lo conduce a Londres. Fue allí, en los círculos liberales de españoles y americanos, donde se convenció de que era necesario, para derrocar a la tiranía, atacarla en un punto neurálgico: las ricas colonias americanas, que la proveían de recursos suficientes para continuar afianzada en el trono y el gobierno españoles.

           Sus contactos con simpatizantes de la independencia como fray Servando Teresa de Mier y José Francisco Fagoaga, lo entusiasmaron al punto que decidió encabezar una expedición que auxiliaría a Morelos y al Congreso Mexicano. Prácticamente un año de preparativos, primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos, concluyeron en su desembarco en Soto la Marina en abril de 1817. Unos meses antes, en septiembre de 1816, en una carta fechada en Baltimore, Mina explicaba así sus motivos: “México es el corazón del coloso, y es de quien debemos procurar con más ahínco la independencia. He jurado morir o conseguirla…”

           Efectivamente el corazón del coloso lo devoró. Aquí encontró la muerte, después de una breve y accidentada campaña, no exenta de triunfos y hazañas, pero que a la luz de los datos con que contamos hoy pareciera descabellada: durante los preparativos de su expedición ignoraba la disolución del Congreso de Tehuacán y la fragmentación y debilidad del movimiento independentista. Tampoco supuso que los proyectados apoyos que le llegarían de Estados Unidos se frustrarían, ya que en ese país se proyectaba firmar un Tratado de Fronteras con España. Una segunda expedición que se preparaba desde Londres, al mando del general Renovales, acabó en traición, entrega de armas y recursos a los representantes de Fernando VII en Nueva Orleans y Cuba. Tampoco pudo Mina obtener apoyo real de Simón Bolívar, con quien se entrevistó en Haití meses antes de zarpar para México, y quien sólo pudo conseguirle algunos recursos para su expedición, de parte del gobierno de la isla.

           En Galveston supieron los expedicionarios de la llegada de Juan Ruiz de Apodaca como virrey, y su política de indultos que acabaría por hacer desistir a muchos insurgentes tras las calamidades y desastres ocurridos a su ejército. Sin embargo Mina, que incluso había contraído deudas a nombre del Congreso Mexicano pudo allí comunicarse con un enlace del movimiento, Ortiz de Zárate, y recibió una carta de Guadalupe Victoria que lo animó a continuar con sus planes, de manera que se dirigió con tres barcos a territorio mexicano, pese a que ya no había puertos en manos de los insurgentes.
Así llegó a Soto la Marina en abril de 1817, con una “tropa” heterogénea en su composición, los “300 de Mina”, como los llamó Lord Byron. En ella se mezclaban nacionalidades, ideologías e intereses, pues si bien participaron liberales de diversos orígenes, convencidos de que había que asestarle un golpe mortal al absolutismo en su principal posesión americana, hubo que sumarle también aventureros y mercenarios de dudosos antecedentes, difícilmente compatibles con el ideario y los principios de Mina.

           En Soto la Marina quedaría una parte de sus tropas, donde fueron vencidas por los realistas y aprehendido fray Servando. Con el resto, Mina pasó por Horcasitas, Valle del Maíz, Peotillos y Real de Pinos, poblaciones que tomó. Por fin hace contacto con tropas insurgentes en el Fuerte del Sombrero, que defendía Pedro Moreno. Allí, cuando ya Apodaca ha entendido que se enfrenta a un adversario capaz de encender nuevamente una llama que se debilitaba por momentos, el acoso fue atroz. El navarro arengó a los soldados españoles en contra de la tiranía de su patria, recordándoles los gloriosos días en que España había vivido un clima de libertad. Sin embargo, todavía le ofrecieron el perdón, a lo que solamente repuso: ¡Victoria o muerte!

           Aunque sus victorias y su paso por Tamaulipas y San Luis Potosí hacia el Bajío no carecieron de grandeza, e incluso al apoderarse de la hacienda del Jaral encontró el tesoro del Marqués de ese nombre, su campaña fue más una sonada aventura que culminó trágicamente, que un aporte real hacia la victoria insurgente.

           Probablemente desalentado por la indisciplina de sus tropas, las dificultades de un territorio que no conocía, y la radical y mutua extrañeza entre un movimiento exangüe, cuyo principal objetivo era la independencia, y el propio ideario de Mina, centrado en el liberalismo, la lucha contra el tirano Fernando VII y la restauración de la Constitución de Cádiz, continuó hacia el Bajío, siempre en pos de unirse a la Junta de Gobierno.

           Definitivamente, en la temeraria aventura de Mina se enfrentan diversas formas de entender lo que había de ser la independencia de América, diversas formas de combatir al enemigo, el desconocimiento y extrañeza de territorios que en nada se parecían a su natal Navarra, y una disciplina y sentido del honor que encontraron poco eco en los restos de un ejército insurgente desmoralizado y sin dirección, pero entusiasmado por la construcción de una patria, noción que el navarro entendía más bien en este caso como un nuevo ataque a la vieja tiranía española, y una defensa de las ideas liberales y el constitucionalismo de Cádiz (que, no lo olvidemos, no habían comprendido ni aquilatado la necesidad e importancia de la independencia americana).

           Tras varias escaramuzas, ires y venires entre los Fuertes del Sombrero y de los Remedios, San Luis de la Paz y la hacienda del Bizcocho, forjó la idea de encaminarse a la toma de Guanajuato y despistar a los realistas. Esta estrategia desesperada, sólo logró que fueran dispersadas sus tropas y se vio obligado a refugiarse en el rancho de El Venadito, donde fue atacado por los realistas y en cuya defensa murió Pedro Moreno.

           Se dice que Xavier pudo haber huido, pero que ya su desesperación era suicida. Él mismo confiesa su identidad al oficial realista que lo apresó. Conducido ante Francisco Orrantía, cuentan los testigos que se condujo con ironía y orgullo. Soportó estoicamente golpes e insultos y reconoció en una carta a su adversario y perseguidor, Pedro Liñán, su derrota definitiva. Apodaca lo mandó fusilar prácticamente sin juicio, y en contra de la política conciliadora que había practicado con otros insurgentes, indultándolos y atrayéndolos al bando español. Esto pudo deberse a la fama de que gozaba Mina, particularmente entre las tropas españolas, por su valor contra la invasión napoleónica en España, sus inverosímiles aventuras en prisiones de Francia, y el respeto que hacia él habían mostrado las mismas tropas de Napoleón cuando estuvo en su poder. De alguna forma, era un mito que había que destruir, y para quien no alcanzó el perdón realista. Incluso, Apodaca exigió a los médicos certificar cuántas balas lo mataron y en qué partes de su cuerpo habían penetrado.

           Tampoco él hubiera aceptado nunca el perdón, pues de alguna forma pareciera que desde las últimas acciones de su campaña, sabía y buscaba la muerte, con una temeridad desesperada. Algunos de los hombres que lucharon con él, se unirían a Vicente Guerrero y después al Ejército Trigarante, pero “el rayo, el mozo, el estudiante”, como fue llamado por biógrafos, admiradores e incluso detractores, perdonado por los fusiles napoleónicos en 1810 y liberado al fin de la prisión de Vincennes donde, entre otros, fueron prisioneros Enrique de Navarra, Mirabeau, Condé o el Marqués de Sade, concluyó sus días en México, ajusticiado por el absolutismo de su propio país, frente al Fuerte de Los Remedios, el 11 de noviembre de 1817. Tenía veintinueve años.