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Puente de Calderón, una amarga derrota insurgente, por Roberto Espinosa de los Monteros Hernández PDF Imprimir E-mail
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Tres arcos componen su estructura, siendo el central mayor a los restantes. En el arco principal se colocó una lápida que dice: “Aquí el 17 de enero de 1811 la suerte fue adversa al padre de la patria don Miguel Hidalgo y Costilla y al generalísimo don Ignacio Allende.” El Puente de Calderón, situado en una barranca de poca profundidad por donde pasa el río Verde en el camino hacia Guadalajara, fue el lugar elegido por los insurgentes para hacer frente al ejército realista, a escasos cuatro meses de haber estallado la gesta independentista que encabezaba el cura de Dolores.

El día previo a esa funesta fecha, el ejército virreinal comandado por Calleja se situó en el paraje conocido como La Joya. Los informantes del militar español notificaron que las huestes insurgentes eran numerosas y que se encontraban parapetadas en el terreno. El ejército realista, compuesto por seis mil efectivos, pasó la noche en estado de alerta.


Por su parte, la milicia insurgente se componía de más de noventa mil hombres: setenta mil indios y mestizos que llevaban machetes, hondas y flechas, unos veinte mil rancheros a caballo y los restantes mil setecientos formaban la infantería.

Los independentistas situaron en la ladera del río una gran batería de sesenta y siete cañones, apoyadas por otras menores en las colinas aledañas, que sumaban en total noventa y cinco piezas. En la retaguardia fueron agrupadas las columnas de infantería de reserva, compuestas por hombres carentes de disciplina, bajo la dirección del padre Hidalgo; la caballería, al mando de Mariano Abasolo, flanqueaba las baterías hacia el extremo derecho; José Antonio Torres quedó al mando de la batería principal, y con una división, al lado sur del río, se ubicó Miguel Gómez Portugal. El jefe superior de la batalla fue Ignacio Allende.
Del lado realista, Félix María Calleja organizó su ejército en tres columnas: al general Manuel Flon, conde de la Cadena —hombre implacable y sanguinario—, le encomendó el ala izquierda con caballería e infantería y cuatro cañones para que atacase el flanco derecho de la gran batería; la caballería del general Miguel de Emparan se encargaría de acometer el flanco derecho del enemigo a fin de caer sobre las reservas; Calleja se mantuvo con el resto de sus efectivos para acudir a donde conviniese, no sin antes encomendar la infantería al coronel José María Jalón para atacar el centro.

La disciplina militar del ejército español dio entera confianza a Calleja de vencer al enemigo, pero de ninguna manera Hidalgo creyó perder la batalla debido a la superioridad numérica del ejército insurgente, sólo que la suerte no estaría de su lado.
La mañana de aquel lamentable jueves 17 de enero de 1811, tras la orden de Calleja, el conde de la Cadena marchó con su división a paso firme, batiéndose en cruenta lucha al encontrarse con las tropas del Amo Torres. Miguel de Emparan hizo lo propio, tal y como se había acordado en el plan, pero fue rechazado por la división de Gómez Portugal y herido en la cabeza.

Flon intentaba inútilmente desalojar a Torres. Los insurgentes parecían imbatibles cuando Calleja decidió reforzar el ataque: atravesó el puente con la intención de atacar el flanco izquierdo de los independentistas, apoderándose de siete cañones y dominando al fin la loma norte. Ahí se dio cuenta de la difícil situación en la que se encontraban las fuerzas de Flon y Emparan.

Los insurgentes rechazaban a las fuerzas de Flon a pesar del auxilio que les brindaron el segundo batallón de granaderos y dos escuadrones del cuerpo de Frontera y de la adición de dos piezas de artillería. Calleja envió al coronel Jalón a reforzar el ataque de Emparan, logrando así rechazar los asaltos de Gómez Portugal, y ordenó a las tropas dispersas de Flon agruparse en el puente para contener la embestida insurgente.

Tras seis horas de intensa batalla, en que parecía inevitable la derrota de Calleja, y ante la escasez de parque, el brigadier de artillería Ramón Díaz de Ortega reunió diez cañones para dirigirlos a la gran batería americana. En los momentos en que Flon y Calleja formaron la línea de batalla con la artillería de frente, encontrándose con el férreo ataque insurgente, la suerte cambió al bando realista: una granada cayó en los carros de municiones rebeldes, provocando el estallido tal temor entre los americanos que, dispersándose todos, dejaron al enemigo en total libertad de acción.

Esta situación fue capitalizada por Calleja, quien arremetió con tal fuerza que lo que parecía una inminente derrota realista se convirtió de pronto en una total y absoluta victoria. La explosión, además de atemorizar a los americanos, provocó un fuerte incendio en el terreno de pastizal. El desorden hizo presa del indisciplinado ejército insurgente, quedando a merced de los ataques de Calleja y de Emparan, quienes, al cargar con dragones por la izquierda, dominaron finalmente el terreno de guerra.

Esta acción les permitió hacerse de noventa y dos piezas de todos calibres. Sin embargo, faltaba tomar una batería compuesta por seis cañones ubicada en la cima de la loma, último punto fortificado en la izquierda de los americanos. Se ordenó a una división arremeter contra los insurgentes atrincherados en la loma, obteniéndose el triunfo en escasos minutos.

A las cuatro de la tarde la caballería persiguió a los insurgentes dispersos que huían. Otra partida, dirigida por Flon, embistió a los rebeldes. En esta acción encontró la muerte cuando los americanos lo emboscaron, le echaron lazo, lo arrastraron y lincharon.
En el campo de batalla yacían los cadáveres de los combatientes de ambos ejércitos. El resultado para los realistas fue contundente, pues se apoderaron de la mayoría de las piezas de artillería, de armas, municiones y pertrechos, quedando demostrada su pericia y disciplina militar.

Dueño de la situación, Calleja ocupó Guadalajara al día siguiente y le ordenó al brigadier José de la Cruz reconquistar San Blas, que se encontraba en manos del sacerdote insurgente José María Mercado.

En 1829, Mariano Torrente publicó su Historia de la Revolución Hispano-Americana, en ella escribió la importancia que para el gobierno virreinal significó el triunfo en puente de Calderón. Sus palabras muestran la versión de los vencedores:

En ese día se afianzó la autoridad real; era de temer que, si hubiera vencido aquel ejército, todo habría cedido a los exterminadores rayos de Hidalgo. Los negocios públicos cambiaron de aspecto con tan importante victoria; se rectificó la opinión; se desalentaron los amantes de la independencia; acabaron de enfriarse los tibios, y se decidieron por la causa del Rey los indiferentes, que esperaban el desenlace de aquella lucha para agregarse al partido victorioso.

Esta opinión puede parecernos exagerada, pero ¿qué hubiese pasado si el bando insurgente hubiese vencido a los realistas?, ¿si Calleja y no Flon hubiese perecido en el enfrentamiento? El gobierno virreinal dio un duro golpe a Hidalgo y compañía. Quizás el triunfo insurgente hubiese modificado el curso de la historia.

“Las derrotas son fértil abono para las discordias, las recriminaciones y los cismas”, escribió el historiador Ernesto Lemoine. Diezmados y en plena huída, los insurgentes se encontraron días más tarde en la hacienda de Pabellón. A Hidalgo se le recriminó la torpeza con que dirigió el movimiento y la actuación en Calderón y se le destituyó del mando militar, recayendo éste en Allende. Nada quedaba de aquella masa incontenible que por cuatro meses tuvo en jaque al gobierno español. La dura derrota de puente de Calderón marcó el fin de la primera etapa de la lucha insurgente, sólo continuada con destreza por José María Morelos durante varios años más.

 

 
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