JUAN ESCUTIA PDF Imprimir E-mail
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JUAN ESCUTIA

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El personaje más misterioso de la gesta épica del 13 de septiembre es sin duda Juan Escutia. No era cadete del Colegio Militar sin embargo, murió en combate. Debido a la escasa información sobre él, su nombre ha servido para inventar hazañas inexistentes. En las siguientes líneas trataremos de dilucidar quién era Juan Escutia y, apartándonos de las leyendas, propondremos una hipótesis novedosa para saber qué hacía en Chapultepec ese día.


Un primer problema del historiador es la falta de expediente en el Colegio Militar; más bien, hay uno pero con documentos y anotaciones posteriores a la batalla y nada dicen acerca de su existencia ni de su participación en los acontecimientos. La única fuente que consigna su existencia durante la batalla es la del testimonio de Ignacio Molina, escrito casi sesenta años después del 13 de septiembre de 1847, cuando ya Escutia era considerado por la leyenda como uno de los “niños héroes”. Molina dice que después de la batalla del Molino del Rey, por esos mismos días se presentaron algunos jóvenes, entre ellos Juan Escutia. Según Molina, fueron agregados a las compañías en carácter de alumnos; esto no puede ser, ya que la admisión al colegio dependía del director, previo acuerdo con el ministerio de guerra. En esos días no estaba el general Monterde, así es que el subdirector no podía aceptar “agregados”, excepto a los cadetes desertores, como Melgar, y admitirlos provisionalmente hasta que la autoridad competente decidiera su suerte. El caso de Escutia, si en efecto sucedió así, es diferente, pues se trata de un “paisano”, un civil sin necesidad de estar en Chapultepec, posición militar a punto de ser atacada. Por otra parte, Molina asegura que el cadáver de Escutia quedó junto al de Márquez, en la falda del cerro. Molina no vio esto, pues permaneció arriba en el castillo y allí fue hecho prisionero.


Sin embargo, Escutia sí estuvo allí, en Chapultepec, peleando junto a los cadetes. Seguramente ellos lo recordaban como a un voluntario. Se lo deben haber comentado a Monterde, quien no conoció a Escutia, y el director lo agregó, al año siguiente, en una lista del personal del Colegio Militar acreedor a la cruz de honor por la participación en la batalla. Pero, o Monterde no escuchó bien o no recordó el nombre mencionado por los cadetes y así, en la relación apareció un sujeto llamado N. Escontría, del que nunca se supo nada y cuyo nombre no volvió a repetirse. Al parecer, Monterde no se acordaba nunca del nombre de Juan Escutia. Años más tarde, en septiembre de 1852, el general dio un discurso y se equivocó nuevamente, pues al enumerar los apellidos de los cadetes muertos lo llamó “Ascutia”.


A pesar de los desatinos memorísticos de Monterde, los cadetes sí se acordaban de Juan Escutia, pues ellos lo habían conocido durante el combate. En septiembre de 1851 el subteniente alumno Miguel Miramón, al pronunciar un discurso conmemorativo, lo mencionó claramente entre sus compañeros caídos: “Escutia”, pero no dijo su nombre de pila, quizá porque no se ponían de acuerdo sobre cuál era; nada más recordaban el apellido. En efecto, en 1849 a uno de los cadetes sobrevivientes, Santiago Hernández, se le encomendó pintar al óleo el retrato de sus compañeros héroes. Todos son muy parecidos entre sí, con alguno que otro rasgo distintivo, teniendo como modelo el reciente recuerdo de sus compañeros en la intimidad de la vida diaria de las aulas. Aunque a Escutia no podía recordarlo, lo pintó como a los demás, con rasgos similares a los otros. Sin embargo, lo interesante del cuadro es que en la parte baja del mismo aparece la anotación del nombre del personaje retratado: Francisco Escutia. Además, en los libros del colegio relativos a la correspondencia de 1849, cuando se habla de Escutia se antepone, abreviado, su nombre con estas letras “Fco”. Todo lo anterior demuestra que el contacto de los cadetes con Escutia fue muy breve, apenas lo necesario para recordar el apellido.


Para salir del atolladero, biográfico primero, y después para justificar el ingreso ilegal de Escutia al colegio como agregado, un ilustre historiador, Alberto María Carreño, propuso que Juan Escutia era en realidad un cadete dado de baja por no presentarse en las revistas de comisario cuando a principios de 1847 los alumnos fueron enviados a sus casas. Para colmo, el mayor Montenegro, un militar preocupado por el qué dirán, agregó una nota al expediente vacío de Escutia: “probablemente desertó”. Por ello, en las listas oficiales, redactadas a cien años de distancia por el general Miguel A. Sánchez Lamego, a Juan Escutia lo han considerado como cadete y lo han colocado en la primera compañía de alumnos. Sin embargo, existe una prueba en contra que destruye los argumentos de Carreño, de Montenegro y de Sánchez Lamego: existe una única lista de la revista de comisario –encontrada por el general Adrián Cravioto– realizada el 5 de marzo de 1847, antes de disolver el colegio y enviar a los alumnos a sus casas. En ella no aparece el nombre de Juan Escutia. Es decir, nunca fue cadete. Pero sí estuvo en la batalla de Chapultepec y murió al lado de los cadetes.


El problema está en comprobarlo, pues ya vimos que no fue agregado civil ni antiguo cadete. La fe de bautizo de Juan Escutia arroja datos reveladores que permiten plantear una nueva hipótesis sobre su procedencia y lo que hacía en Chapultepec ese día. Su nombre completo era Juan Bautista Pascacio Escutia Martínez, nació en la ciudad de Tepic, cuando formaba parte del estado de Jalisco, el 25 de febrero de 1827.


Juan Escutia pudo ser un soldado del batallón de San Blas. Estuvo presente en el momento en que esta unidad, al mando del teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, chocó de frente, en la ladera sur del cerro, con los estadounidenses quienes lo recibieron con fuego de fusilería y con las bayonetas caladas, haciendo una carnicería con los soldados nayaritas. Se sabe que de 400 soldados murieron alrededor de 370; el resto escapó. ¿Hacia dónde? Los de la retaguardia seguramente retrocedieron al campo del general Rangel, en la calzada de la Verónica, pero otros escalaron el cerro y buscaron refugio en el castillo de Chapultepec. Juan Escutia pudo ser uno de ellos. Los datos son simplemente coincidentes y sorprende que nadie haya reparado en ellos. El batallón de San Blas tenía su matriz precisamente en este puerto, ubicado en el territorio de Tepic. El batallón había sido organizado en mayo de 1847 en Jalisco, y sus soldados reclutados en el cantón nayarita. Juan Escutia era originario de Tepic, luego, bien pudo haberse enrolado en el batallón. Además, en la Ciudad de Guadalajara, capital del estado de Jalisco, residía para curar sus heridas, recibidas en la batalla de la Angostura, el teniente coronel Xicoténcatl, a quien el gobernador del estado designó como comandante de la flamante unidad.


Escutia habría llegado a la Ciudad de México con su batallón en junio de 1847 y recibió su bautismo de fuego los días 12 y 13 de septiembre en Chapultepec. Está comprobado que algunos soldados del San Blas lograron ascender al castillo después de la masacre sucedida en las faldas del cerro. El testimonio del cadete José T. Cuéllar es fundamental aquí: “Desde que comenzó el asalto, el fuego de fusilería se generalizó por todas las líneas. Yo me mezclé de mi orden en un Pelotón de seis soldados del batallón de San Blas y me puse con ellos a hacer fuego. De siete, habíamos quedado cuatro: tres soldados de San Blas murieron a mis pies”. Debe suponerse que los otros tres no, que continuaron vivos y peleando.


Uno de esos soldados que sobrevivieron a esa refriega pudo ser Juan Escutia. Fueron escasos minutos, pero los cadetes que allí combatían pudieron tener oportunidad de conocerlo, de cruzar algunas palabras y de alcanzar a saber, al menos, su apellido: Escutia. Luego, para confirmar las palabras de Ignacio Molina, Juan Escutia pudo haber pretendido salir del castillo por la ruta de los demás cadetes, descolgándose por las ventanas y paredes. Allí los tiradores estadounidenses lo derribaron con sus certeros tiros y por eso su cadáver fue encontrado junto al de Francisco Márquez, en la ladera oriental, la más escarpada de todas.


Juan Escutia, el “niño héroe”, quizá fuera un soldado del batallón de San Blas y murió a los 20 y medio años de edad.


Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 77-82.